5. Adentro y afuera

¿Adentro y afuera de qué? Nos construimos con una serie de referentes a partir de los cuales tratamos de construir certidumbre. Hay una sensación a la que tratamos de anticiparnos cuando pensamos en estos conceptos: la deriva. A partir de ella construimos distintos tipos de errancias. Afirmándola o negándola, pero siempre alrededor de ella. A partir de la deriva se crea el orden. A partir del orden la ley. Es una forma de ir cercando y tentando lo que consideramos de antemano imprevisible. Construimos nuestros espacios a partir de la ley. Y a partir de la ley nos concebimos adentro y afuera dé. Sabemos o concebimos lo que debe estar adentro y lo que debe estar afuera. Adentro y afuera dan nociones de proceder y de procedencias. Sabemos donde estamos. Es más, lo representamos. Desarrollamos espacios físicos e intelectuales que nos proyectan hacia adentro o hacia afuera de algo. Nuestras posiciones políticas se dan en aversión o consentimiento de algo. Hay cánones de cánones. Quizás, siendo pesimista, el afuera es una posición utópica. Pero por qué.

Estamos para que la vida permanezca. Sin embargo, no estamos en posición de definir plenamente lo que la vida significa. La historia del lenguaje en nuestras vidas nos enseña que las acepciones que conforman los sentidos de cualquier nombre son mutables y dependen siempre de contextos y aproximaciones, de interpretaciones. El lenguaje está ahí, diciendo cosas. Nosotros las leemos y las interpretamos. Entonces comienza el delirio. El acomodo semántico e incluso físico para llevar las cosas a donde queremos llevarlas. El delirio es un acto político. ¿Dónde debe estar cada cosa y por qué? ¿Qué es visible y debe ser visible? ¿Qué cosas no? ¿En dónde nos deja eso?

¿Cajas rusas? No, no vamos hacia adentro. Va hacia afuera.

Los mecanismos, así los hemos hecho, se rigen por sus propias normas. No es que tengan vida, pero su lugar y su espacio de algún modo u otro son ajenos a nosotros. Servimos a ese lenguaje pero no sabemos utilizarlo. No nos pertenece en la realidad. Nos son ajenos, como nos es ajena cualquier burocracia. Somos parte de esa nada incomprensible y amoral para la cual funcionamos.