3. La fragmentación

La necesidad de permanecer se acerca a la de poseer. Ambas están relacionadas a una idea de poder y entonces a su idea y su concreción más tangible: la generación de una ley. La ley siempre necesitas fundamentos. Estos fundamentos se encuentran en el paso, siempre anterior, de otra ley. Así, lo que se necesita son documentos que den constancia del suceso de algo. De que ese algo ocurrió. El documento prevé la muerte de los hombres. No puede no hacerlo; de igual manera su olvido. El mecanismo no deja de ser paradójico. No deja de ser un intento por regular un estado de cosas que bien a bien sabe no puede regular por completo. Lo que queda de esa experiencia es el análisis. La predicción a causa de un ejercicio de prueba y error. Lo que queda de una ley es su constancia física como documento de documentos. Como margen operatorio.

Es un camino que sólo se puede seguir por apartados. Su complejidad es mayor. No es una lectura única, ni siquiera pronta. Tiene que pasar por sus exegetas. Y tiene que pasar también por sus detractores. Por el error. Por su incapacidad y sus aciertos.

Pienso en la muerte, y con esto regreso a los primeros dos puntos que toqué: permanecer y poseer. Pienso en la muerte porque hay que tener claro que la ley es una obra desarrollada a lo largo de la historia por los hombres. Es quizá el indicio más fiel que se tiene de cómo hemos concebido nuestro acontecer en el mundo. La ley es la apuesta pragmática del poder. Su puesta en práctica y en abismo.

Quien permanece al lado, o del lado de la ley, es quien puede poseer, porque tiene el poder, en cualquiera de sus expresiones, con él. Mas no es de él. Es simplemente algo que acompañará y dará un peso más a sus actos. Una validación extra. realiza movimientos acompañados. Y que al mismo tiempo son dictados. Repite un movimiento más dentro de la escala legal de procedimientos que lo precede. Sus acciones son registros más que constatan una vez más que se está cumpliendo con el mandato. La muerte de los individuos no significa ni remotamente la muerte del mundo. Permanecen nuestras posesiones, que sólo son nuestras por el lapso de nuestra vida.

El orden del archivo queda intacto. El nombre con el que se me dotó desde el archivo regresará al archivo del que nunca salió. Las casas, los edificios, los libros, pasarán a ser de alguien más. Las identidades se perderán una vez más y surgirán una vez más.

La historia del mundo pasa por el imposible flujo de pensamiento. No podemos conocerlo todo. Pero podemos tener una cifra semejante a nuestra idea de todo.