11. lo que llega al archivo

El archivo carece de dimensiones o cualquier tipo de definición moral o jerárquica por sí mismo. El archivo es parte de un lenguaje que construye la normatividad burocrática para tener registros de la información que necesita. En sí mismos no significan un compendio cognitivo ni epistémico. Su clasificación se rige por parámetros que sólo tienen importancia para su propio archivista. En el trasunto interpretativo es donde pueden adquirir cierto valor.

Siguiendo la reflexión de Derrida, el destino del archivo es su destrucción. Así, lo que perdura en ellos está sentenciado a ser una información perdida. No hay que dejar de lado el hecho de que por principio la información que llega a cualquier archivo es una información perdida. No existe, en términos de su propia especulación como síntesis del acto. El archivo implica una desaparición del acto. Ya desposeído de subjetividad es sólo un asunto del lenguaje. Su reflexión no pasa sólo por su naturaleza en tanto acto y entonces por la reflexión del valor simbólico que genera, sino por su arribo al archivo en tanto información u objeto proveedor de información archivable.

Los archivos surgen también como un reflejo de sus propias limitantes. De su propia finitud en tanto las posibilidades físicas, económicas y cognitivas de su archivador. Los archivos no están para dar a conocer nada. Están para preservar. Para librar a los actos y las historias de lo subjetivo y dotarlas del significado que el lenguaje les reserve a lo largo del tiempo.

Los archivos, al mismo tiempo que resguardan, están ahí para ser descubiertos. Y ese es justamente el término que define su destrucción, el descubrimiento y su consiguiente y secuencial extinción. Están para cumplir fines específicos. para alimentar una base de datos que en determinado momento puedan ser consultadas. Pero su estatuto de archivo hace que mantengan un grado de secreto. De muerte; aun más, de captura previa a la muerte. Con la consigna de que en algún momento dejaran de ejercer su función.

La lectura pasa por el delirio, por la interpretación. Hay que reconocer eso. El archivo activa una pulsión de muerte y, en el caso de los archivos de estado, activa una pulsión paranoica. Fundamentada desde varios niveles, si se quiere, pero que no dejan de ser parte de un imaginario generalizado.